La batalla, la factoría y una mesa desordenada

 

Soy un desastre, lo reconozco.

 

Según la RAE, un desastre es destrucción o cosa mal hecha, (¡qué exagerada! pensaréis), pero según lo políticamente correcto, lo que se supone que se espera de nosotras, las buenas mozas, si, lo confieso, soy un desastre.

 

Un caos con patas que nunca hace la cama, que llega tarde, que come más chocolate del que debería, que felicita los cumples con días de retraso, que se olvida de devolver los libros prestados, que cuando madruga está de mala leche, que para hacer una sopa mancha como si hubiera hecho un menú entero de "máster chef", que lleva gotas de pintura en los zapatos y  los calcetines desparejados...

 

Así soy yo, y esa es la respuesta que se me ocurre cuando me preguntan: pero, ¿porque te gusta tanto trabajar con la arcilla polimérica?, por eso, porque soy un desastre. Porque cuando empecé con éste material y lo saqué por primera vez del horno me transformé con él:

 

De ser blandito y pegajoso pasa a ser duro y resistente.

 

Era una maravilla, aparte de permitirme jugar con mil colores y técnicas lo mejor es que pasaba por alto todos mis descuidos:

"¡ups! se me olvidó quitarme el anillo para fregar, ¡ups! si no me he quitado el collar para bañarme en la playa, ¡ups! se me han caído los pendientes al quitarme la bufanda, ¡Ángelaaaa! ¿qué hace ésto en la lavadora?"...

Y como si nada, conservo esas piezas igual que el primer día, y si ya no me las pongo es porque son feas, muy feas y muy mal hechas... por algo había que empezar. Diez años tienen, casi nada.

 

Tenía claro que un material así había sido creado para batallas desastrosas como las mías, pero no, no es por eso por lo que me fascina, es porque cuando la trabajo me transformo como la arcilla en el horno; me vuelvo paciente, delicada y detallista. Cada detalle es importante para mi, no dejo nada al azar, me empeño en materializar de la mejor forma posible esas formas y colores que tengo en la cabeza y me vuelvo constante.

Y disfruto mucho. 

Disfruto de la textura, de la belleza y del color.

Disfruto de esos momentos en los que dejo de ser de un desastre y doy lo mejor de mi, y es que, cuando algo te apasiona de verdad no hay desastres, no hay cosas mal hechas, sólo sientes, te emocionas tanto con una idea que los ojos te hacen chirivitas y el estómago se encoge y vas adelante con todo, pierdes la noción del tiempo y del espacio, y el orden (o el desorden) dejan de ser un problema...

 

 

 

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